Mikel Santiago ha vuelto a demostrar por qué el suspense merece la pena leerlo y por qué su Tremore Beach se ha encarnado en una pantalla. Una vez más, ha dejado el listón bien alto con una historia muy turbia del pasado.
En La chica del lago, el autor refleja un aspecto tan humano como el precio de la fama. La protagonista debe convivir con los pormenores de ser quien ha querido ser en medio de un caso que la afecta de lleno y que la pone en el punto de mira desde bien pronto. Es un ejemplo para la sociedad, pues pese a las dificultades se muestra aguerrida y decidida a cambiar su presente por una causa justa para ella, lo que deja muchas acciones cargadas de acción y sorpresas.
La intromisión es otro de los puntos fuertes. Queda demostrado que indagar en asunto donde otros pueden verse perjudicados supone un riesgo, un desafío en que se combate la aberración de quienes huyen de una realidad que ellos mismos han provocado con acciones poco ejemplificantes. Estos momentos generan tensión en la obra y ayudan a no despegarse de la historia.
En tercer lugar, hay una exploración de hasta dónde puede llegar el ser humano con tal de protegerse de un mal. Las malas artes se presentan como un modus operandi que no entiende ni de vidas ajenas ni de cordura para tratar un caso peliagudo. Es supervivencia dentro de un mundo hostil donde la traición se convierte en un potente virus.
Finalmente, destacaría lo expuesto que está el humano a la voluntad de terceras personas para salir airoso de un problema. La amenaza con consecuencias terminales es una constante permanente que puede convertir a alguien de buen corazón en un villano de primera. La obra refleja estas transformaciones en varios personajes y los lleva a situaciones inesperadas.
Con una madeja de hechos perfectamente hilvanados y una carga de tensión digna del mejor suspense, Mikel Santiago nos lleva a un atmósfera sombría donde cada conexión y cada paso supone un riesgo del que se querrá salir indemne. Un diez para su décimo libro publicado en Ediciones B.



